El instinto de supervivencia es lo que enloquece a las
anoréxicas y las bulímicas más de lo que soy capaz de
expresar. Mientras que la mayoría de las personas comen
cuando tienen hambre y se acuestan cuando están enfermas
a mi me intimidaban y enfurecían los festines ciegos, las
caídas repentinas al suelo, cada una de las cuales implicaba
las necesidades de mi cuerpo, la debilidad y su dominio
sobre mí. Mi cuerpo se negaba a morir de hambre y comía;
mi cuerpo se negaba a seguir sosteniéndome y se
desplomaba. La paradoja reside en que, a mis ojos,
mi supervivencia emocional, mi integridad personal básica
dependía del dominio o incluso de la aniquilación total de
mi
yo físico.[...] Cierta noche, Lora me había preguntado cuánto
tiempo creía que viviría. Tumbada en la cama reflexioné
unos
instantes. -Puede que veinte años- repuse al fin. Calculaba
que tardaría más o menos eso en matarme de hambre. A
punto estuve. Tres años más tarde, dos meses antes de
cumplir diecinueve años, los médicos me pronosticaron una
semana de vida.
La anorexia no es algo que se contrae como se contrae un
catarro, si no algo que te metes en la cabeza y que al
principio consideras como una idea para luego probar los
comportamientos y ver si echan raíces..
Sentí enloquecer. Me cabeza jamás dejaba de dar vueltas.
La calma es solo un punto intermedio que implica cierto
equilibrio entre el ruido y el silencio, entre los extraños
lapsos que sufro ( silencio absoluto, no parecido al sueño si
no a la muerte) y los chillidos infernales de mis
pensamientos y las voces del mundo.
Y , el siseo insistente de una voz que empezaba suave, como
si procediera de un musgo espeso o de una masa de sangre,
para ir aumentando de volumen hasta que lo ahogaba todo:
Adelgaza, decia. Tienes que adelgazar
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